viernes, 30 de enero de 2015

Novela sin Título, capítulo 1

-¿Se da cuenta de que no fui yo quien las mató? -preguntó el entrevistado, después de haber expuesto de manera burda su inocencia a través de cuentos paranormales. La entrevista llevaba alrededor de 15 minutos y mi impaciencia ya se notaba; era ridículo lo que mis oídos percibían. De cualquier manera hice ademán de entender lo que escuchaba: la labor periodística requiere de paciencia, profesionalismo y diplomacia, sin dejar a un lado la agudeza y objetividad a la hora de hacer las preguntas correctas para obtener la información. Una entrevista es como un ataque, decía mi mentor, como una conquista política. Debes tener armas suficientemente afiladas para cortar, pero tan escondidas que nadie note que están bajo tu manga.
El caso en particular que concernía a mi investigación fue víctima de primeras planas y encabezados durante semanas: un asesinato múltiple cometido por un joven presuntamente esquizofrénico. "Las voces", decía, "fueron ellas quienes lo hicieron".
El abogado defensor se apegó fervientemente a la enfermedad mental del acusado y, con ello, logró aminorar la pena. Aun así las familias de las víctimas jamás creyeron esta versión, incluso el mismo acusado declaró que su salud mental estaba en perfectas condiciones en el momento del crimen, dato que el abogado obvió al momento del juicio.
-¿Me está escuchando?
-Sí, claro -balbuceé-. Me decías que no fuiste tú, que las voces te dijeron que lo hicieras.
-Es que no está entendiendo, ¿verdad? -repuso, sin hacer esfuerzo alguno de ocultar su enfado-. Yo no hice nada, fueron ellas. 
-Vale, repasemos entonces -contesté, cortante-. El 4 de abril llegaste tarde a casa, a eso de la 1 am y subiste las escaleras.
-Sí -interrumpió-, crucé la puerta en silencio y subí al cuarto de mis padres para avisarles que había llegado. Fue ahí cuando pasó, sin más aviso que la sensación de maldad que llevaba días persiguiéndome.
-¿Maldad? Eso no lo habías mencionado.
-Le dije que llevaba días viendo siluetas en los espejos, miradas de personas que no estaban allí, sombras a la vuelta de cada esquina que se esfumaban en medio segundo. A esa maldad me refiero.
Tomé mi libreta y con trazos rápidos y apenas comprensibles escribí tres palabras.
-Siluetas, miradas y sombras, anotado.
-No me cree en absoluto, ¿verdad? -dijo, dejando a un lado la rebeldía y frustración que había mostrado en los minutos anteriores. En su rostro vi resignación y nada más.
-Tengo que investigar más a fondo.
-Eso es un no.
-Mira, volveré la semana que viene y te haré más preguntas, ¿vale?
La mirada que me devolvió me heló la sangre: un alma vieja en un cuerpo joven, en silencio gritando por piedad.
Me levanté de mi silla, di media vuelta y salí del edificio. Pobre chavo, pensé, molesto por haber escuchado una y otra vez la misma excusa: "no fui yo, fueron ellas". El periodista tiene la obligación de llegar al fondo de los hechos, interpretarlos objetivamente y llegar a una conclusión. El ser humano, por otro lado, no tiene necesidad alguna de escuchar tonterías repetidamente; fue a esa parte de mi naturaleza a la que escuché. Ahora, en las noches de soledad deseo con toda mi alma poder volver el tiempo y haber sido menos indiferente. Salí a la calle, encendí un Marlboro y subí a mi auto, sin saber que una mirada negra, vacía y putrefacta se posaba en mí, oculta en un rincón oscuro de la noche.

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