sábado, 31 de enero de 2015

Nota encontrada dentro dentro de la Ciudad del Ocaso

Martes 17 de febrero.
Todo está tan diferente, tan cambiado a pesar de que en el ambiente es lo mismo, no quiero apagar el televisor aunque la estática no ha parado de hacer su dichoso sonido ensordecedor, prefiero aturdirme con eso que con el silencio; ese silencio que produce un extraño vacío en el estómago. He cerrado la puerta de la casa, las ventanas y he atrancado la puerta del patio, no sé de dónde ha salido el hoyo gigantesco que ha destrozado mi jardín.

Jueves 19 de febrero.
Han pasado ya casi dos meses, aún no sé cómo he aguantado todo este tiempo. Las noches son terriblemente frías, los días permanecen en un ocaso eterno, sabemos que es de día pues aquellos seres se van, pero las sombras se quedan, viéndonos, viviendo una clase de vida, como si ahora nosotros fuéramos sombras y destellos de otra dimensión distinta.
Ya va siendo hora de que prenda las velas

Viernes 20 de febrero.
No he podido dormir ni por placer, no por sueño. Hay sombras por todas partes deleitándose con un festín en mi comedor. Ayer creí escuchas voces; una extraña conversación, pero cuando me aproximé armado únicamente con el calor de la vela que llevaba conmigo, las voces cesaron y las sombras se fueron. Esto no es nuevo, todo empezó hace un tiempo, no recuerdo muy bien las razones ni el porqué de este frío tormentoso, sólo sé que llegó de todos lados. Una brisa fría, aliento muerto, bajó del cielo helando una parte del mundo, las nubes se comportaban como rebaños siguiendo a su guía, el cielo estaba colmado de remolinos aborregados. Al principio pensamos que donde fueran las nubes el aliento iba con ellas, nos escondimos en las casas para que el aire frío no nos tocara pero fue inútil. Primero se llevó a los grandes edificios y a los imponentes rascacielos, uno podía ver de cerca cómo las construcciones altas se congelaban poco a poco hasta quedar cubiertas de un hielo fino. Luego atacó a los mares y los ríos, volviéndolos cubiertas cristalizadas con un hielo de color extraño, casi purpúreo, iluminando tétricamente las aguas congeladas.

Domingo 22 de febrero
Hace unos días comenzaron a aparecer hoyos gigantes por todas las calles, incluso en mi patio hay uno. A medida de que esa cosa crece el frío aumenta en mi hogar. En las noches las sombras van de aquí para allá por toda la casa y, en cuanto al hoyo, un aliento gélido sale de él, balbuceando palabras y risas en otra clase de idioma.

Miércoles 25 de febrero
El día ha cesado, dejándome atrapado en este congelador. Ya no puedo más con esto. Las velas se han congelado, ya no siento las quemaduras que el cerillo me provoca en los dedos. No sé qué son, si monstruos o demonios salidos de las profundidades del infierno. Bien dijo Dante que en el ultimo circulo no hay ni fuego ni calor, sólo hielo: una fría desesperación. No sé en qué momento se nos pasó leer la advertencia "Abandonad toda esperanza aquél que entre aquí".
Nosotros no entramos, el infierno vino a nosotros.

Atte Tomás A. M.  J. D. Garmalo Lobo

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